Muchas promesas incumplidas y algunos sueños realizados. Al menos es una posibilidad que ya es más que lo que dejaron en la ingrata tierra que los parió. Se resistieron a la llamada de mirar a atrás presintiendo su peligro y el dolor que podría traer. Cambiaron lo más suyo como familia, idioma, vecinos y paisajes por nuevas costumbres, comidas, calles y celebraciones. El olor de la fumigación pasa a ser parte de la maleta y un recuerdo tan propio como ella misma. ● Dadme a vuestros seres pobres y cansados. Dadme esas masas ansiosas de ser libres, los tristes desechos de costas populosas. Que vengan los desamparados, que las tempestades batan. ¡Mi antorcha alumbra un umbral dorado! (Emma Lazarus)
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domingo, 21 de abril de 2019
La Libertad iluminando el mundo:
Muchas promesas incumplidas y algunos sueños realizados. Al menos es una posibilidad que ya es más que lo que dejaron en la ingrata tierra que los parió. Se resistieron a la llamada de mirar a atrás presintiendo su peligro y el dolor que podría traer. Cambiaron lo más suyo como familia, idioma, vecinos y paisajes por nuevas costumbres, comidas, calles y celebraciones. El olor de la fumigación pasa a ser parte de la maleta y un recuerdo tan propio como ella misma. ● Dadme a vuestros seres pobres y cansados. Dadme esas masas ansiosas de ser libres, los tristes desechos de costas populosas. Que vengan los desamparados, que las tempestades batan. ¡Mi antorcha alumbra un umbral dorado! (Emma Lazarus)
jueves, 27 de febrero de 2014
La princesa del fuego (por Pedro Pablo Sacristán)
Hubo
una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de
pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo
publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y
sincero a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y
colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos
aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra.
Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad,
mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
-
Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi
corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una
piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún
otro.
El
joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada.
Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante
meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo
duro como la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al
fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca
surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que
ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo
importante.
Durante
los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la
piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo
importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país
tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados
por su carácter y cercanía, y su sola prensencia transmitía tal calor humano y
pasión por cuanto hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La
princesa de fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días.
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días.
jueves, 13 de febrero de 2014
Gorg el gigante (por Pedro Pablo Sacristán)
Gorg
el gigante vivía desde hacía siglos en la Cueva de la Ira. Los gigantes eran
seres pacíficos y solitarios hasta que el rey Cío el Terrible les acusó de
arruinar las cosechas y ordenó la gran caza de gigantes. Sólo Gorg había
sobrevivido, y desde entonces se había convertido en el más feroz de los seres
que habían existido nunca; resultaba totalmente invencible y había acabado con
cuantos habían tratado de adentrarse en su cueva, sin importar lo valientes o poderosos
que fueran.
Muchos
reyes posteriores, avergonzados por las acciones de Cío, habían tratado de
sellar la paz con Gorg, pero todo había sido en vano, pues su furia y su ira le
llevaban a acabar con cuantos humanos veía, sin siquiera escucharles. Y aunque
los reyes dejaron tranquilo al gigante, no disminuyó su odio a los humanos,
pues muchos aventureros y guerreros llegaban de todas partes tratando de
hacerse con el fabuloso tesoro que guardaba la cueva en su interior.
Sin
embargo, un día la joven princesa fue mordida por una serpiente de los
pantanos, cuyo antídoto tenía una elaboración secreta que sólo los gigantes
conocían, así que el rey se vio obligado a suplicar al gigante su ayuda. Envió
a sus mejores guerreros y a sus más valientes caballeros con la promesa de
casarse con la princesa, pero ni sus mágicos escudos, ni las más poderosas
armas, ni las más brillantes armaduras pudieron nada contra la furia del
gigante. Finalmente el rey suplicó ayuda a todo el reino: con la promesa de
casarse con la princesa, y con la ayuda de los grandes magos, cualquier
valiente podía acercarse a la entrada de la cueva, pedir la protección de algún
conjuro, y tratar de conseguir la ayuda del gigante.
Muchos
lo intentaron armados de mil distintas maneras, protegidos por los más
formidables conjuros, desde la Fuerza Prodigiosa a la Invisibilidad, pero todos
sucumbieron. Finalmente, un joven músico apareció en la cueva armado sólo con
un arpa, haciendo su petición a los magos: "quiero convertirme en una
bella flor y tener la voz de un ángel".
Así
apareció en el umbral de la cueva una flor de increíble belleza, entonando una
preciosa melodía al son del arpa. Al oír tan bella música, tan alejada de las
armas y guerreros a que estaba acostumbrado, la ira del gigante fue disminuyendo.
La flor siguió cantando mientras se acercaba al gigante, quien terminó
tomándola en su mano para escucharla mejor. Y la canción se fue tornando en la
historia de una joven princesa a punto de morir, a quien sólo un gigante de
buen corazón podría salvar. El gigante, conmovido, escuchaba con emoción, y
tanta era su calma y su tranquilidad, que finalmente la flor pudo dejar de
cantar, y con voz suave contó la verdadera historia, la necesidad que tenía la
princesa de la ayuda del gigante, y los deseos del rey de conseguir una paz
justa y durarera.
El
gigante, cansado de tantas luchas, viendo que era verdad lo que escuchaba,
abandonó su cueva y su ira para curar a la princesa. Y el joven músico, quien
además de domar la ira del gigante, conquistó el corazón de la princesa y de
todo el reino, se convirtió en el mejor de los reyes.
jueves, 6 de febrero de 2014
Los malos vecinos (Por Pedro Pablo Sacristán)
Había
una vez un hombre que salió un día de su casa para ir al trabajo, y justo al
pasar por delante de la puerta de la casa de su vecino, sin darse cuenta se le
cayó un papel importante. Su vecino, que miraba por la ventana en ese momento,
vio caer el papel, y pensó:
-
¡Qué descarado, el tío va y tira un papel para ensuciar mi puerta, disimulando
descaradamente!
Pero
en vez de decirle nada, planeó su venganza, y por la noche vació su papelera
junto a la puerta del primer vecino. Este estaba mirando por la ventana en ese
momento y cuando recogió los papeles encontró aquel papel tan importante que
había perdido y que le había supuesto un problemón aquel día. Estaba roto en
mil pedazos, y pensó que su vecino no sólo se lo había robado, sino que además
lo había roto y tirado en la puerta de su casa. Pero no quiso decirle nada, y
se puso a preparar su venganza. Esa noche llamó a una granja para hacer un
pedido de diez cerdos y cien patos, y pidió que los llevaran a la dirección de
su vecino, que al día siguiente tuvo un buen problema para tratar de librarse
de los animales y sus malos olores. Pero éste, como estaba seguro de que
aquello era idea de su vecino, en cuanto se deshizo de los cerdos comenzó a
planear su venganza.
Y
así, uno y otro siguieron fastidiándose mutuamente, cada vez más
exageradamente, y de aquel simple papelito en la puerta llegaron a llamar a una
banda de música, o una sirena de bomberos, a estrellar un camión contra la
tapia, lanzar una lluvia de piedras contra los cristales, disparar un cañón del
ejército y finalmente, una bomba-terremoto que derrumbó las casas de los dos
vecinos...
Ambos
acabaron en el hospital, y se pasaron una buena temporada compartiendo
habitación. Al principio no se dirigían la palabra, pero un día, cansados del
silencio, comenzaron a hablar; con el tiempo, se fueron haciendo amigos hasta
que finalmente, un día se atrevieron a hablar del incidente del papel. Entonces
se dieron cuenta de que todo había sido una coincidencia, y de que si la
primera vez hubieran hablado claramente, en lugar de juzgar las malas
intenciones de su vecino, se habrían dado cuenta de que todo había ocurrido por
casualidad, y ahora los dos tendrían su casa en pie...
Y
así fue, hablando, como aquellos dos vecinos terminaron siendo amigos, lo que
les fue de gran ayuda para recuperarse de sus heridas y reconstruir sus
maltrechas casas.
jueves, 23 de enero de 2014
Lío en clase de ciencias (por Pedro Pablo Sacristán)
El
profesor de ciencias, Don Estudiete, había pedido a sus alumnos que estudiaran
algún animal, hicieran una pequeña redacción, y contaran sus conclusiones al
resto de la clase. Unos hablaron de los perros, otros de los caballos o los
peces, pero el descubrimiento más interesante fue el de la pequeña Sofía:
-
He descubierto que las moscas son unas gruñonas histéricas - dijo segurísima.
Todos
sonrieron, esperando que continuara. Entonces Sofía siguió contando:
-
Estuve observado una mosca en mi casa durante dos horas. Cuando volaba
tranquilamente, todo iba bien, pero en cuanto encontraba algún cristal, la
mosca empezaba a zumbar. Siempre había creido que ese ruido lo hacían con las
alas, pero no. Con los prismáticos de mi papá miré de cerca y vi que lo que
hacía era gruñir y protestar: se ponía tan histérica, que era incapaz de cruzar
una ventana, y se daba de golpes una y otra vez: ¡pom!, ¡pom!, ¡pom!. Si sólo
hubiera mirado a la mariposa que pasaba a su lado, habría visto que había un
hueco en la ventana... la mariposa incluso trató de hablarle y ayudarle, pero
nada, allí seguía protestando y gruñendo.
Don
Estudiete les explicó divertido que aquella forma de actuar no tenía tanto que
ver con los enfados, sino que era un ejemplo de los distintos niveles de
inteligencia y reflexión que tenían los animales, y acordaron llevar al día
siguiente una lista con los animales ordenados por su nivel de inteligencia...
Y
así fue como se armó el gran lío de la clase de ciencias, cuando un montón de
papás protestaron porque sus hijos... ¡¡les habían puesto entre los menos
inteligentes de los animales!! según los niños, porque no hacían más que
protestar, y no escuchaban a nadie.
Y
aunque Don Estudiete tuvo que hacer muchas aclaraciones y calmar unos cuantos
padres, aquello sirvió para que algunos se dieran cuenta de que por muy listos
que fueran, muchas veces se comportaban de forma bastante poco inteligente.
jueves, 16 de enero de 2014
Tuton el comeplanetas (por Pedro Pablo Sacristán)
Para
hacerse una idea del tamaño de los molokos, hay que mirarlos desde muy lejos.
Si te pusieras a su lado, ellos ni siquiera te verían, y si el mayor de
nuestros gigantes de cuento se pusiera a su lado, probablemente los gigantescos
molokos seguirían sin poder verlo. Quizá la mejor forma de saber cómo son, es
conociendo su comida favorita. Y para un buen moloko, nada está más rico que un
enorme planeta, con sus océanos, sus desiertos y sus montañas.
Y
de todos ellos, nadie como Tutón, el gran Tutón. Grande como una estrella,
podía zamparse un planeta mediano de un solo bocado. Era, además, excelente
descubriendo los planetas más deliciosos, y había llegado a convertirse en el
más famoso de los molokos. Pero aún más grande que su fama de descubridor, era
su fama de egoísta, pues nunca jamás compartía ni un trocito de sus fabulosas
comidas, de modo que los demás molokos sólo llegaban a probar algunas pequeñas
migajas de aquellas deliciosas montañas.
Durante
miles de años, porque los molokos viven muchísimos años para que les dé tiempo
a crecer tanto, Tutón degustó los mejores planetas. Pero ocurrió que uno de
aquellos planetas, uno precioso de color rojo, azul y amarillo, cuya corteza
tenía el mejor sabor que se pueda imaginar, resultó tener el centro del acero
más duro del universo, y los indestructibles dientes del famoso moloko se
rompieron en mil pedazos.
Jamás
un moloko había vivido algo parecido, pero resultó ser la más horrible de las
desgracias. Tantos riquísimos planetas a su alcance, y ni siquiera tenía un
diente que poder hincarles. Y cuando pidió ayuda a otros molokos, todos le
recordaron su antiguo egoísmo, y no le dejaban otra cosa que las migajas de
planetas de mucho peor sabor que aquellos a los que estaba acostumbrado Tutón.
Y
el hasta entonces colosal y famosísimo comeplanetas, se convirtió en un
mendigo, pasando todo tipo de penas y calamidades. Sólo sabía llorar, pedir,
exigir… y pasar hambre. Y aún tuvo que pasar mucho tiempo viviendo así, hasta
que se dio cuenta de que si quería recibir algo, tendría que ser el primero en
dar, por muy pobre y mísero que fuera.
Y
buscando entre lo poco que tenía para dar, descubrió que aún seguía siendo un
brillante descubridor de planetas exquisitos. Así que habló con otros molokos,
y se ofreció a enseñarles dónde se escondían las mejores delicias ¡Qué gran
alegría para todos!, que descubrieron entonces sabores que ni siquiera sabían
que existían. Y los molokos, agradecidos a Tutón por compartir con ellos su
gran habilidad, comenzaron a mostrarse mucho más atentos con él, y ya nunca
faltó quien le pulverizara unas montañas, o le hiciera un buen zumo de
desierto.
jueves, 9 de enero de 2014
La caja fuerte (por Pedro Pablo Sacristán)
Había
una vez un hombre sabio, gran matemático, al que en cierta ocasión un hombre
muy rico y muy avaro le pagó un gran tesoro por encontrar la forma de obtener
el máximo beneficio en todo lo que hiciera, pues su gran sueño era llenar de
oro y joyas una inmensa caja fuerte que había fabricando él mismo.
El
matemático estuvo encerrado durante meses en su laboratorio; cuando pensaba que
había encontrado la solución, descubría errores en sus cálculos... y vuelta a
empezar. Una noche apareció en casa del hombre rico con una gran sonrisa en la
cara: "¡lo encontré!", le dijo, "mis cálculos son
perfectos". El avaro, que al día siguiente partía para un largo viaje y no
tenía tiempo de escucharle, le prometió el doble del oro si se quedaba a cargo
de sus bienes poniendo en práctica sus fórmulas. El matemático, entusiasmado
por su descubrimiento, aceptó encantado.
Cuando
algunos meses después el avaro regresó, encontró que no quedaba nada de sus
antiguas posesiones. Furioso, fue a pedir explicaciones al matemático, quien
tranquilamente le contó sus planes: había regalado todo a todo el mundo. El
hombre rico no podía creerlo, pero entonces el matemático le explicó:
-
Durante meses estuve analizando cómo puede un hombre conseguir el máximo
beneficio, pero siempre estaba limitado, porque un hombre sólo no puede hacer
mucho. Entonces comprendí que la clave era que fueran muchos los que ayudaran a
conseguirlo, y así fue como resultó que ayudar a todos era la mejor forma de
que cada vez más gente contribuyera a conseguir nuestro propio beneficio.
Desengañado
y furioso, el avaro se marchó desesperado tras haber perdido todo por culpa de
un loco. Pero mientras caminaba cabizbajo y pensativo, varios vecinos corrieron
a preocuparse por él. Todos habían sido beneficiados cuando el matemático
repartió sus bienes, y se sentían tan honrados de poder ofrecer su casa y todo
lo suyo a alguien tan especial, que hasta discutían por poder ayudarle. Durante
los días siguientes, el avaro estuvo comprobando los efectos de lo que había
planeado el matemático: allá donde iba era recibido con grandes honores, y
todos se mostraban dispuestos a ayudarle en cuanto estuviera en su mano. Y
comprendió que su no tener nada le había dado mucho más.
De
esta forma, rápidamente pudo volver a crear florecientes negocios, pero desde
entonces, siguiendo el consejo de su brillante matemático, ya no volvió a
acumular sus riquezas en una caja fuerte ni nada parecido. En su lugar, las
repartía entre cientos de amigos, cuyos corazones se convertían en la más
segura, agradecida y rebosante de las cajas fuertes.
lunes, 30 de diciembre de 2013
El tesoro de Barba Melón
Barba
Melón era el pirata más feroz y temible de los siete mares. Decían que en sus
asaltos y abordajes por todo el mundo había conseguido reunir un tesoro
fabuloso, el mayor que se conocía. Como buen pirata, Barba Melón no se fiaba de
nadie, y siempre llevaba su tesoro bajo sus pies, en la enorme bodega de su
barco.
Un
día, oyó el pirata hablar de un magnífico tesoro que iba a cruzar el mar en uno
de los barcos más poderosos de la tierra. Era un galeón tremendamente grande y
estaba muy bien armado, pero nada le gustaba más a Barba Melón que hundir los
barcos más grandes y seguir aumentando su tesoro, aunque en el fondo ya era tan
rico que necesitaría muchas vidas para gastar tanto oro y joyas como guardaba.
Así,
el pirata preparó cuidadosamente el asalto en mar abierto. Como siempre, el
abordaje fue un éxito y en poco tiempo estaban transportando el fabuloso tesoro
del galeón al barco de Barba Melón. Ciertamente, era un tesoro formidable, casi
tan grande como el del propio pirata, y éste se frotaba las manos sólo de
pensar en seguir multiplicando sus riquezas.
Cuando
hubieron cargado todo el tesoro, acabaron de hundir el galeón, y los piratas
prepararon una gran fiesta para celebrar la hazaña. Borrachos como estaban, no
se dieron cuenta de que el barco se hundía poco a poco, pues el tesoro que
llevaba era tan grande, que no podía seguir a flote.
Para
cuando se dieron cuenta, ya no había nada que hacer. El barco se marchó al
fondo del mar con todos sus malvados piratas y con Barba Melón al frente, quien
aún permanece allí atrapado junto a aquel tesoro que llegó a ser gigantesco,
pero no tan grande como la avaricia y estupidez del pirata.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
El principe y el juguetero (Por Pedro Pablo Sacristán)
Había
una vez un pequeño príncipe acostumbrado a tener cuanto quería. Tan caprichoso
era que no permitía que nadie tuviera un juguete si no lo tenía él primero. Así
que cualquier niño que quisiera un juguete nuevo en aquel país, tenía que
comprarlo dos veces, para poder entregarle uno al príncipe.
Cierto
día llegó a aquel país un misterioso juguetero, capaz de inventar los más
maravillosos juguetes. Tanto le gustaron al príncipe sus creaciones, que le
invitó a pasar todo un año en el castillo, prometiéndole grandes riquezas a su
marcha, si a cambio creaba un juguete nuevo para él cada día. El juguetero sólo
puso una condición:
Mis juguetes son especiales, y necesitan que su dueño juegue con ellos - dijo -
¿Podrás dedicar un ratito al día a cada uno?
¡Claro que sí! - respondió impaciente el pequeño príncipe- Lo haré encantado.
Y desde aquel momento el príncipe recibió todas las mañanas un nuevo juguete.
Cada día parecía que no podría haber un juguete mejor, y cada día el juguetero
entregaba uno que superaba todos los anteriores. El príncipe parecía feliz.
Pero
la colección de juguetes iba creciendo, y al cabo de unas semanas, eran
demasiados como para poder jugar con todos ellos cada día. Así que un día el
príncipe apartó algunos juguetes, pensando que el juguetero no se daría cuenta.
Sin embargo, cuando al llegar la noche el niño se disponía a acostarse, los
juguetes apartados formaron una fila frente él y uno a uno exigieron su ratito
diario de juego. Hasta bien pasada la medianoche, atendidos todos sus juguetes,
no pudo el pequeño príncipe irse a dormir.
Al día siguiente, cansado por el esfuerzo, el príncipe durmió hasta muy tarde,
pero en las pocas horas que le quedaban al día tuvo que descubrir un nuevo
juguete y jugar un ratito con todos los demás. Nuevamente acabó tardísimo, y
tan cansado que apenas podía dejar de bostezar.
Desde
entonces cada día era aún un poquito peor que el anterior. El mismo tiempo,
pero un juguete más. Agotado y adormilado, el príncipe apenas podía disfrutar
del juego. Y además, los juguetes estaban cada vez más enfadados y furiosos,
pues el ratito que dedicaba a cada uno empezaba a ser ridículo.
En unas semanas ya no tenía tiempo más que para ir de juguete en juguete,
comiendo mientras jugaba, hablando mientras jugaba, bañándose mientras jugaba,
durmiendo mientras jugaba, cambiando constantemente de juego y juguete, como en
una horrible pesadilla. Hasta que desde su ventana pudo ver un par de niños que
pasaban el tiempo junto al palacio, entretenidos con una piedra.
Hummm,
¡tengo una idea! - se dijo, y los mandó llamar. Estos se presentaron
resignados, preguntándose si les obligaría a entregar su piedra, como tantas
veces les había tocado hacer con sus otros juguetes.
Pero
no quería la piedra. Sorprendentemente, el príncipe sólo quería que jugaran con
él y compartieran sus juguetes. Y al terminar, además, les dejó llevarse
aquellos que más les habían gustado.
Aquella
idea funcionó. El príncipe pudo divertirse de nuevo teniendo menos juguetes de
los que ocuparse y, lo que era aún mejor, nuevos amigos con los que divertirse.
Así que desde entonces hizo lo mismo cada día, invitando a más niños al palacio
y repartiendo con ellos sus juguetes
Y
para cuando el juguetero tuvo que marchar, sus maravillosos 365 juguetes
estaban repartidos por todas partes, y el palacio se había convertido en el
mayor salón de juegos del reino.
martes, 24 de diciembre de 2013
Navidades forzosas (por Pedro Pablo Sacristán)
Hubo
una vez un hombre tan harto de ver tantas cosas malas por el mundo, que una
Navidad deseó que todo el mundo fuera bueno y tuviera espíritu navideño. Y
resultó que, mágicamente, su deseo se vio cumplido. Cuando salió a la calle,
todo el mundo parecía feliz y nadie era capaz de hacer mal. Unos niños tiraron
piedras a un perro pero, por el aire, las piedras se convirtieron en nieve; un
hombre cruzó la caye despistado, y cuando el conductor sacó medio cuerpo por la
ventanilla para gritar algo, le dio los buenos días y le deseó felices fiestas;
y hasta una mujer rica que caminaba envuelta en su abrigo de pieles, al pasar
junto a un mendigo, cuando parecía que iba proteger aún más su bolso, lo agarró
y se lo dio lleno, con todo el dinero y las joyas.
Nuestro
navideño hombre estaba feliz, pero la cosa cambió cuando fue a pagar en el
supermercado. Le atendió aquella cajera que lo estaba pasando tan mal por falta
de dinero, y pensó en dejarle de propina lo justo para poder tomarse luego un
chocolate caliente, pero antes de darse cuenta, sin saber muy bien cómo, le
había dejado de propina todo el dinero que llevaba encima. Y si aquello no le
hizo mucha gracia, menos aún le gustó cuando en lugar de ir al gimnasio subió
al autobús que iba a la prisión y se pasó un par de horas visitando peligrosos
delincuentes encarcelados, y otro par de horas escuchando la pesada charla de una
anciana solitaria en el asilo, en lugar de ir a ver una preciosa obra de teatro
sobre la Navidad, tal y como había previsto.
Molesto
por todo aquello, sin saber qué le empujaba a obrar así, empezó a comprobar que
todo el mundo tenía aquel perfecto espíritu navideño gracias a que se había
cumplido su deseo. Pero igual que él mismo, casi nadie estaba a gusto haciendo
todas aquellas justas y generosas cosas.
Entonces se dio cuenta de lo injusto que había sido su deseo: había pedido que todos mejoraran, que el mundo se hiciera bueno, cuando él estaba realmente lejos de ser así. Durante años se había creído bueno y justo, pero habían bastado un par de días para demostrarle que era como todos, sólo un poco bueno, sólo un poco generoso, sólo un poco justo... y lo peor de todo, no quería que aquello cambiase.
Entonces se dio cuenta de lo injusto que había sido su deseo: había pedido que todos mejoraran, que el mundo se hiciera bueno, cuando él estaba realmente lejos de ser así. Durante años se había creído bueno y justo, pero habían bastado un par de días para demostrarle que era como todos, sólo un poco bueno, sólo un poco generoso, sólo un poco justo... y lo peor de todo, no quería que aquello cambiase.
Hay
quien dice que todos somos como ese hombre. También hay locos que dicen que
bastaría con que un hombre cambie para cambiar el mundo. Y algunos, mis
favoritos, dicen que ya ha llegado la hora de cambiar a ese hombre sólo un poco
bueno que llevamos con nosotros a todas partes.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
El comerciante sin suerte (por Pedro Pablo Sacristán)
Había
una vez un comerciante que después de unos malos negocios, se lamentaba de su
mala suerte. Un viajero que pasaba por allí le preguntó qué le apenaba, y al
oír que era un hombre con muy mala suerte, abrió el saco que llevaba y sacó un
extraño artilugio, formado por dos vasos de cristal unidos por la mitad,
decorados con extraños dibujos, uno verde y otro rojo, en cada uno de los
cuales había unas raras semillas del mismo color que su vaso.
-
Pues precisamente has tenido mucha suerte al encontrarme -dijo el hombre-. Esto
es justo lo que necesitas: unas vasijas de la suerte.
Y
ante el asombro del mercader, le explicó que aquellas semillas eran las
semillas de la suerte; las de la buena suerte, las verdes, y las de la mala
suerte, las rojas. Nunca podían separarse las vasijas, y cuando alguna de ellas
se llenaba, provocaba múltiples sucesos de buena o mala suerte, según se
hubieran desbordado unas semillas u otras.
El comerciante, ilusionado, agradeció el regalo, sin llegar apenas a escuchar las últimas palabras del viajero, advirtiéndole lo difícil que era utilizar aquellas vasijas. Esperanzado, examinó con cuidado las semillas verdes, las de la buena suerte. Aunque no le eran familiares, estaba seguro de poder encontrar alguien a quien comprarle varias vasijas, así que cubrió la boca del tarro con sumo cuidado, evitando que se pudieran caer por descuido.
Luego miró las semillas rojas, y pensó que la forma más segura de evitar que se llenara el vaso rojo era vaciarlo allí mismo; así lo hizo y siguió su camino. Poco después, se cruzó con una mujer que al ver sus vasijas debió reconocerlas, porque corrió a pedirle un buen puñado de semillas. El comerciante se negó rotundamente, y la mujer se fue maldiciendo entre dientes."Qué quiere que haga", pensó apesadumbrado ,"no puedo renunciar a mi buena suerte", y siguió su camino, donde volvió a tener más encuentros similares.
El comerciante, ilusionado, agradeció el regalo, sin llegar apenas a escuchar las últimas palabras del viajero, advirtiéndole lo difícil que era utilizar aquellas vasijas. Esperanzado, examinó con cuidado las semillas verdes, las de la buena suerte. Aunque no le eran familiares, estaba seguro de poder encontrar alguien a quien comprarle varias vasijas, así que cubrió la boca del tarro con sumo cuidado, evitando que se pudieran caer por descuido.
Luego miró las semillas rojas, y pensó que la forma más segura de evitar que se llenara el vaso rojo era vaciarlo allí mismo; así lo hizo y siguió su camino. Poco después, se cruzó con una mujer que al ver sus vasijas debió reconocerlas, porque corrió a pedirle un buen puñado de semillas. El comerciante se negó rotundamente, y la mujer se fue maldiciendo entre dientes."Qué quiere que haga", pensó apesadumbrado ,"no puedo renunciar a mi buena suerte", y siguió su camino, donde volvió a tener más encuentros similares.
Según
pasaba el tiempo, el comerciante descubrió que el vaso rojo se llenaba solo. Le
pareció más o menos lógico, porque si no las vasijas no tendrían mucha gracia,
así que cada poco tiempo se paraba a vaciarlo y seguía su camino.
Pero llegó un momento en que el vaso se llenaba tan rápido, que casi no podía vaciarlo, y finalmente, se desbordó.
"Buena la he hecho", pensó el mercader, "lo único que me falta es otro montón de mala suerte". Entonces miró a lo largo del camino, y vio que las semillas que había ido arrojando se habían convertido en plantas malignas que acabaron con los sembrados y los pastos de toda la zona. Los aldeanos del lugar al verlo, buscaron enfurecidos al culpable, y el mercader casi había conseguido librarse cuando la mujer con la que no compartió sus semillas verdes le delató, y el hombre huyó corriendo del pueblo entre golpes y porrazos.
Ése sólo fue el principio de la multitud de desgracias que le tocó sufrir al mercader. Realmente, las vasijas tenían mucho poder y todo se volvió en su contra. En sólo 3 días trató de librarse de las vasijas cien veces, pero como aquello no terminó con su mala suerte, tuvo que volver por ellas y buscar la forma de llenar el vaso verde, y de no dejar caer ni una semilla roja más. Así que cambió la tapa del tarro verde al rojo, para descubrir con horror que la mayor parte de las semillas verdes habían desaparecido...
Pero llegó un momento en que el vaso se llenaba tan rápido, que casi no podía vaciarlo, y finalmente, se desbordó.
"Buena la he hecho", pensó el mercader, "lo único que me falta es otro montón de mala suerte". Entonces miró a lo largo del camino, y vio que las semillas que había ido arrojando se habían convertido en plantas malignas que acabaron con los sembrados y los pastos de toda la zona. Los aldeanos del lugar al verlo, buscaron enfurecidos al culpable, y el mercader casi había conseguido librarse cuando la mujer con la que no compartió sus semillas verdes le delató, y el hombre huyó corriendo del pueblo entre golpes y porrazos.
Ése sólo fue el principio de la multitud de desgracias que le tocó sufrir al mercader. Realmente, las vasijas tenían mucho poder y todo se volvió en su contra. En sólo 3 días trató de librarse de las vasijas cien veces, pero como aquello no terminó con su mala suerte, tuvo que volver por ellas y buscar la forma de llenar el vaso verde, y de no dejar caer ni una semilla roja más. Así que cambió la tapa del tarro verde al rojo, para descubrir con horror que la mayor parte de las semillas verdes habían desaparecido...
Y
mientras lamentaba su mala fortuna, se detuvo a mirar los dibujos de las
vasijas. Eran como unas instrucciones, en las que siempre se veía el vaso rojo
cerrado y el verde totalmente abierto, y parecía que cualquiera pudiera tomar
cuantas semillas verdes quisiera.
Decidió seguir su viaje de esa forma, y al encontrarse con un hombre que le pidió algunas de sus semillas, esta vez le dejó servirse libremente. Y su suerte cambió, porque en ese instante aparecieron los aldeanos que aún le perseguían, pero su nuevo amigo le ayudó a escapar, y les dirigió en dirección contraria. Cosas parecidas volvieron a ocurrir con muchos otros que encontró en el camino, hasta que el comerciante comprobó que en lugar de vaciarse, cada vez que regalaba las semillas verdes el vaso se llenaba más, hasta que tras ofrecer semillas a todo el mundo, el vaso llegó a desbordarse.
Y efectivamente, la buena suerte se quedó con él y comenzaron a ocurrirle cosas maravillosas; uno de aquellos a quienes había ayudado resultó ser un hombre muy rico, que agradecido le llenó de lujos y regalos; otros le consideraban tan bueno que le propusieron para alcalde, y así una y otra vez.
Decidió seguir su viaje de esa forma, y al encontrarse con un hombre que le pidió algunas de sus semillas, esta vez le dejó servirse libremente. Y su suerte cambió, porque en ese instante aparecieron los aldeanos que aún le perseguían, pero su nuevo amigo le ayudó a escapar, y les dirigió en dirección contraria. Cosas parecidas volvieron a ocurrir con muchos otros que encontró en el camino, hasta que el comerciante comprobó que en lugar de vaciarse, cada vez que regalaba las semillas verdes el vaso se llenaba más, hasta que tras ofrecer semillas a todo el mundo, el vaso llegó a desbordarse.
Y efectivamente, la buena suerte se quedó con él y comenzaron a ocurrirle cosas maravillosas; uno de aquellos a quienes había ayudado resultó ser un hombre muy rico, que agradecido le llenó de lujos y regalos; otros le consideraban tan bueno que le propusieron para alcalde, y así una y otra vez.
Algún
tiempo después el mercader se cruzó con aquel viajero que le entregó las
vasijas. Después de saludarse, le contó todas sus aventuras y le dio miles de
gracias. Pero antes de despedirse, le preguntó:
- ¿Por qué me diste las vasijas de la suerte? ¿Es que ya no querías tener buena suerte?
Y el hombre, riendo con fuerza, respondió:
- ¡No me digas que aún las tienes! ¡Pero si no hacen falta para nada!... la magia de las vasijas es muy tonta: sólo hace crecer o disminuir unas estúpidas semillas venenosas y comestibles, pero no tiene ningún efecto sobre la suerte. He oido que las inventó un aprendiz de brujo muy torpe.
- ¡¿como?! -exclamó sorprendido el mercader.
- Claro que no. Creo que fue un viejo maestro quien las encontró y se dio cuenta de que serían geniales para enseñar a usar la suerte: guárdate lo malo para tí, y comparte lo bueno con los demás. Y en verdad que es la única forma de atraer la buena suerte y evitar la mala, ¡y vaya si funciona!... Cuando repartiste tu mala suerte, tratando de conservar para tí la buena, te aseguraste de que nadie quisiera compartir las cosas buenas contigo, sólo las malas. Las semillas no tuvieron nada que ver en eso, fueron tus obras. ¿lo entiendes ahora?
- ¿Por qué me diste las vasijas de la suerte? ¿Es que ya no querías tener buena suerte?
Y el hombre, riendo con fuerza, respondió:
- ¡No me digas que aún las tienes! ¡Pero si no hacen falta para nada!... la magia de las vasijas es muy tonta: sólo hace crecer o disminuir unas estúpidas semillas venenosas y comestibles, pero no tiene ningún efecto sobre la suerte. He oido que las inventó un aprendiz de brujo muy torpe.
- ¡¿como?! -exclamó sorprendido el mercader.
- Claro que no. Creo que fue un viejo maestro quien las encontró y se dio cuenta de que serían geniales para enseñar a usar la suerte: guárdate lo malo para tí, y comparte lo bueno con los demás. Y en verdad que es la única forma de atraer la buena suerte y evitar la mala, ¡y vaya si funciona!... Cuando repartiste tu mala suerte, tratando de conservar para tí la buena, te aseguraste de que nadie quisiera compartir las cosas buenas contigo, sólo las malas. Las semillas no tuvieron nada que ver en eso, fueron tus obras. ¿lo entiendes ahora?
¡Vaya
si lo había entendido!. Y mientras el viajero se alejaba el mercader, con las
vasijas en la mano, miró a los habitantes del pueblo, buscando entre todos
ellos quien más necesitara aprender a utilizar la buena suerte.
jueves, 12 de diciembre de 2013
La princesa de Floripitín (por Pedro Pablo Sacristán)
En
el país de Floripitín tenían una princesa bellísima de la que todos estaban
orgullosos. Cientos de retratos con su bello rostro adornaban las calles. Si
hacía buen tiempo decían:
-
La luz de la princesa ilumina el día.
Y
si llovía:
-
Ni siquiera la luz de la princesa nos ha librado de este tiempo.
Una
vez al año cada uno de los 365 habitantes de Floripitín se ponía al servicio de
la princesa durante todo un día, para evitarle cualquier incomodidad o trabajo.
Y en agradecimiento por sus cuidados, la princesa pasaba el tiempo asomada a la
ventana de la más alta torre del palacio, para que sus fieles súbditos pudieran
contemplarla desde cualquier lugar de la ciudad.
En
el reino vecino había crecido Eric, el príncipe que parecía destinado a casarse
con ella. Pero cuando este viajó al reino de Floripitín, descubrió con pesar
que la princesa era muy aburrida. Por supuesto, era bella, educada y amable,
pero parecía incapaz de hacer nada sin la ayuda de sus siervos. Tanto, que a
los dos días de conocerla el príncipe estaba convencido de que no era más que
una pobre inútil que solo servía para asomarse a la ventana. Y, tal y como
había venido, el príncipe se marchó sin querer saber nada más de la princesa.
Menudo
disgusto para los habitantes de Floripitín, que tanto querían a su princesa.
Los 365 se reunieron en la plaza, y acordaron invitar a otros príncipes a
conocer a su princesa. Pero cuantos viajaron a Floripitín regresaron a sus
países con la misma idea: aquella princesa era una inútil.
Y
cuando volvieron a reunirse en la plaza temiendo por el daño que aquellos
comentarios pudieran causar en su amada princesa, sucedió algo extraordinario.
Por primera vez en la historia, alguien se atrevió a decir algo en contra de la princesa.
Por primera vez en la historia, alguien se atrevió a decir algo en contra de la princesa.
-
Esa chica es una inútil. No hay más que ver que no sabe hacer nada por sí
misma.
Quien
así habló era una anciana vestida con ropas rotas y destartaladas. Estaba tan
vieja y arrugada que hasta costaba distinguirle la cara. Los demás habitantes
se volvieron furiosos contra ella, defendiendo a su princesa y burlándose del
aspecto de la vieja. Pero ella siguió hablando.
-
Lo que hay que hacer es dejar de servirle a diario. Así por lo menos aprendería
a hacer algo. Es más, creo que debería ser ella quien nos sirviera a nosotros.
Le estaríamos haciendo un favor.
Aquello
fue demasiado para el bueno del alcalde, que adoraba a su princesa.
-
¿Y qué sabrás tú, vieja? ¿Cómo te atreves a dar lecciones a nadie? ¿Acaso has
visto qué aspecto tienes? Nuestra princesa es mucho mejor que tú.
-
No. No lo es. Pero gracias - dijo la vieja, cambiando su voz a un tono joven,
dulce y triste, al tiempo que se estiraba y apartaba sus ropas de la cabeza,
para dejar ver el delicado rostro de la princesa.
Ante
el asombro de todos, la princesa prosiguió:
-
No creáis que tenía ese aspecto a propósito. Realmente no supe vestirme mejor.
Es así de triste, pero no sé hacer nada-. La princesa calló un momento, y una
lagrimita aprovechó para escapar de sus ojos.
- Aprecio todo lo que hacéis por mí, y lo mucho que me queréis, pero ha llegado el momento de devolveros todo ese cariño, y de paso aprender algunas cosas. A partir de mañana seré yo quien por turno sirva a cada uno de vosotros en su casa.
- Aprecio todo lo que hacéis por mí, y lo mucho que me queréis, pero ha llegado el momento de devolveros todo ese cariño, y de paso aprender algunas cosas. A partir de mañana seré yo quien por turno sirva a cada uno de vosotros en su casa.
Y
desde ese día, la princesa se puso al servicio de sus propios súbditos. Sus
primeros días fueron bastante desastrosos, pero pudo seguir adelante con el
cariño y la paciencia de todos. Y en poco más de un año se convirtió en una
joven extraordinariamente habilidosa y servicial, de la que los habitantes de
Floripitín se sentían aún más orgullosos que antes.
viernes, 22 de noviembre de 2013
La Lealtad en el inicio de los tiempos (por Pedro Pablo Sacristán)
Hace
mucho, mucho tiempo, antes de que los hombres y sus ciudades llenaran la
tierra, antes incluso de que muchas cosas tuvieran un nombre, existía un lugar
misterioso custodiado por el hada del lago. Justa y generosa, todos sus
vasallos siempre estaban dispuestos a servirle. Y cuando unos malvados seres
amenazaron el lago y sus bosques, muchos se unieron al hada cuando les pidió
que la acompañaran en un peligroso viaje a través de ríos, pantanos y desiertos
en busca de la Piedra de Cristal, la única salvación posible para todos.
El
hada advirtió de los peligros y dificultades, de lo difícil que sería aguantar
todo el viaje, pero ninguno se asustó. Todos prometieron acompañarla hasta
donde hiciera falta, y aquel mismo día, el hada y sus 50 más leales vasallos
comenzaron el viaje. El camino fue aún más terrible y duro que lo había
anunciado el hada. Se enfrentaron a bestias terribles, caminaron día y noche y
vagaron perdidos por el desierto sufriendo el hambre y la sed. Ante tantas
adversidades muchos se desanimaron y terminaron por abandonar el viaje a medio
camino, hasta que sólo quedó uno, llamado Sombra. No era el más valiente, ni el
mejor luchador, ni siquiera el más listo o divertido, pero continuó junto al
hada hasta el final. Cuando ésta le preguntaba que por qué no abandonaba como
los demás, Sombra respondía siempre lo mismo "Os dije que os
acompañaría a pesar de las dificultades, y éso es lo que hago. No voy a dar
media vuelta sólo porque haya sido verdad que iba a ser duro".
Gracias
a su leal Sombra pudo el hada por fin encontrar la Piedra de Cristal, pero el
monstruoso Guardián de la piedra no estaba dispuesto a entregársela. Entonces
Sombra, en un último gesto de lealtad, se ofreció a cambio de la piedra
quedándose al servicio del Guardián por el resto de sus días...
La
poderosa magia de la Piedra de Cristal permitió al hada regresar al lago y
expulsar a los seres malvados, pero cada noche lloraba la ausencia de su fiel
Sombra, pues de aquel firme y generoso compromiso surgió un amor más fuerte que
ningún otro. Y en su recuerdo, queriendo mostrar a todos el valor de la lealtad
y el compromiso, regaló a cada ser de la tierra su propia sombra durante el
día; pero al llegar la noche, todas las sombras acuden el lago, donde consuelan
y acompañan a su triste hada.
jueves, 14 de noviembre de 2013
Dos duendes y dos deseos
Hubo
una vez, hace mucho, muchísimo tiempo, tanto que ni siquiera el existían el día
y la noche, y en la tierra sólo vivían criaturas mágicas y extrañas, dos
pequeños duendes que soñaban con saltar tan alto, que pudieran llegar a atrapar
las nubes.
Un
día, la Gran Hada de los Cielos los descubrió saltando una y otra vez, en un
juego inútil y divertido a la vez, tratando de atrapar unas ligeras nubes que
pasaban a gran velocidad. Tanto le divirtió aquel juego, y tanto se rio, que
decidió regalar un don mágico a cada uno.
-
¿Qué es lo que más desearías en la vida? Sólo una cosa, no puedo darte más -
preguntó al que parecía más inquieto.
El
duende, emocionado por hablar con una de las Grandes Hadas, y ansioso por
recibir su deseo, respondió al momento.
-
¡Saltar! ¡Quiero saltar por encima de las montañas! ¡Por encima de las nubes y
el viento, y más allá del sol!
-
¿Seguro? - dijo el hada - ¿No quieres ninguna otra cosa?
El
duendecillo, impaciente, contó los años que había pasado soñando con aquel don,
y aseguró que nada podría hacerle más feliz. El Hada, convencida, sopló sobre
el duende y, al instante, éste saltó tan alto que en unos momentos atravesó las
nubes, luego siguió hacia el sol, y finalmente dejaron de verlo camino de las
estrellas.
El
Hada, entoces, se dirigió al otro duende.
-
¿Y tú?, ¿qué es lo que más quieres?
El
segundo duende, de aspecto algo más tranquilo que el primero, se quedó
pensativo. Se rascó la barbilla, se estiró las orejas, miró al cielo, miró al
suelo, volvió a mirar al cielo, se tapó los ojos, se acercó una mano a la
oreja, volvió a mirar al suelo, puso un gesto triste, y finalmente respondió:
-
Quiero poder atrapar cualquier cosa, sobre todo para sujetar a mi amigo. Se va
a matar del golpe cuando caiga.
En
ese momento, comenzaron a oír un ruido, como un gritito en la lejanía, que se
fue acercando y acercando, sonando cada vez más alto, hasta que pudieron
distinguir claramente la cara horrorizada del primer duende ante lo que iba a
ser el tortazo más grande de la historia. Pero el hada sopló sobre el segundo
duende, y éste pudo atraparlo y salvarle la vida.
Con
el corazón casi fuera del pecho y los ojos llenos de lágrimas, el primer duende
lamentó haber sido tan impulsivo, y abrazó a su buen amigo, quien por haber
pensado un poco antes de pedir su propio deseo, se vio obligado a malgastarlo
con él. Y agradecido por su generosidad, el duende saltarín se ofreció a
intercambiar los dones, guardando para sí el inútil don de atrapar duendes, y
cediendo a su compañero la habilidad de saltar sobre las nubes. Pero el segundo
duende, que sabía cuánto deseaba su amigo aquel don, decidió que lo
compartirían por turnos. Así, sucesivamente, uno saltaría y el otro tendría que
atraparlo, y ambos serían igual de felices.
El
hada, conmovida por el compañerismo y la amistad de los dos duendes, regaló a
cada uno los más bellos objetos que decoraban sus cielos: el sol y la luna.
Desde entonces, el duende que recibió el sol salta feliz cada mañana, luciendo
ante el mundo su regalo. Y cuando tras todo un día cae a tierra, su amigo evita
el golpe, y se prepara para dar su salto, en el que mostrará orgulloso la luz
de la luna durante toda la noche.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Venganzas (Anónimo)
Esteban tenía 10 años, era el típico niño de 10 años. Es más, era el típico niño gordo de 10 años. Podría decirse, incluso, que era el típico niño gordo de 10 años que sufre acoso escolar.
Al principio, no le daba ninguna importancia a las bromas que pudieran hacerle. Había veces que él mismo reconocía que eran bromas ingeniosas y hasta se reía con ellas. A fin de cuentas, no hay nada como reírse de uno mismo.
“No cabes en Esteban-co porque tu culo es demasiado grande”.
La primera vez es algo gracioso. Cuando llevas 1.000 no lo es tanto. De hecho, cansa un poco, pero no se quejaba por ella. Siempre había pecado de ser un crío afable.
Se reían de él. Le señalaban. Le imitaban arqueando los brazos e hinchando los mofletes. Le robaban el almuerzo o se lo cambiaban: cuando al abusón de turno no le gustaba su bocadillo iba a por el de Esteban. Jugaba a fútbol con sus compañeros, pero de portero, porque ocupaba más espacio. Él lo aceptaba porque así se sentía integrado.
Pero sabía que eso no eran amigos. Los amigos no te hacen eso. Se pueden reír de ti, pero es otro tipo de risa. Él notaba el desprecio en las risas de sus compañeros. Pero, a pesar de ello, era un poco ingenuo, pensaba que no lo hacían con maldad. Él pensaba que, con toda seguridad, en otra parte del mundo había otro niño gordito como él, al que sus compañeros le hacían mil y una perrerías. Y si él no fuera el chaval gordo, seguramente también gastaría bromas al que lo fuera. Son cosas de críos.
Nunca se imaginó que pasaría algo que le hiciera cambiar esta opinión. Pero ocurrió. Un hecho que le haría replantearse la actitud de sus “amigos”.
Era un viernes lluvioso. A los niños les gusta la lluvia, pero no cuando cae en viernes. Empezar un fin de semana con lluvia no es algo divertido. Es difícil convencer a tu madre de que quieres ir a jugar al parque si cae un diluvio de dimensiones bíblicas. Pero las madres de hoy en día lo consienten todo con tal de no aguantar a sus hijos dándoles la tabarra toda la tarde.
Esteban salía con sus compañeros al parque porque no le gustaba quedarse solo en casa, sus padres trabajaban todo el día y sólo estaban en casa el tiempo justo para cenar y dormir. Prefería aguantar chiquilladas que estar solo en casa. Así que cuando acabaron las clases fueron al parque, todos con sus botas, chubasqueros y paraguas.
Era una tarde gris. Un día gris sólo trae cosas grises. Lo iba a comprobar en breve.
A lo lejos vio a sus compañeros cuchicheando y señalándole. Reían a carcajadas. Supuso que ya habían pensado una nueva e ingeniosa frase con su nombre y su gordura. Ojalá hubiera sido eso.
Todo ocurrió muy rápido. En lo que pareció un segundo se acercaron y le empujaron hacia un charco de barro. Cayó de culo y se manchó de forma considerable. Pero no quedó ahí la broma. Sus compañeros saltaban a su alrededor para salpicarlo más aún o daban patadas al barro para cubrirlo completamente de barro. Esteban quería levantarse y correr hacia su casa. Pero no le dejaron. Mientras cantaban “albóndiga peleona” impedían que se levantara. Notaba el sabor del barro en su boca y le entraban arcadas. Pero no pararon, estuvieron así cerca de 10 minutos, hasta que se cansaron porque ya no le veían gracia.
Esteban no lloró, aguantó estoicamente la crueldad de sus compañeros hasta el final. Pero cuando llegó a casa no pudo evitarlo y lloró como nunca lo había hecho. No había nadie en casa, así que nadie acudió a consolarle, lo que le puso más triste aun si cabe. Lloró más. Y cuando creyó que ya había llorado suficiente, se duchó, limpió el suelo de barro y se fue a la cama. Ni si quiera cenó. A sus padres simplemente les dijo que no se encontraba bien y que quería dormir. Pero no era dormir lo que quería.
Estuvo pensando y meditando mucho. Ya había llegado a su límite, no iba a aguantar más, la paciencia no dura eternamente y menos si se trata de aguantar bravuconerías de niños insoportables. Iba a tomar medidas al respecto. Tenía que hacerlo. Muchas veces le habían dicho que si le plantas cara a los matones te dejan en paz, aunque nunca lo había comprendido del todo. Quizás era eso lo que tenía que hacer.
Su imaginación echó a volar. Por su cabeza pasaron miles de posibilidades: ¿ir a por una rama o un palo en el parque y llevarlo a clase para pegar a sus compañeros? No, demasiado complicado meter un palo en el colegio. ¿Hacer algo de ejercicio para enfortecerse? No, eso requeriría demasiado tiempo y necesitaba buscar una solución inmediata. ¿Y si escondía un cuchillo en su mochila? Sí, podría funcionar. Era fácil de esconder. Primero pensó en matar al primero que se le acercara. Meter el cuchillo en el estómago del primer capullo que se burlara de él. La idea le gustaba. Pero no quería que sus compañeros murieran simplemente, quería que sufrieran. Además, no iba a convertirse en un asesino por gente así. A lo mejor cortar algún dedo estaría bien. O quizás un simple corte, para intimidar…
Se durmió pensando en qué sería lo que haría al día siguiente nada más llegar a clase. Pero al día siguiente se levantó más animado y los pensamientos que la noche anterior invadían su mente habían desparecido. Ya no necesitaba vengarse de sus compañeros. Seguramente, perdería la gracia. Cada noche, en su cabeza, podría imaginar mil venganzas posibles sin tener que limitarse a cumplir una única en la realidad.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
El irrecuperable tesoro de las Reinas del Mar (por Pedro Pablo Sacristán)
Eva
era una niña valiente y aventurera que un día descubrió el mapa del tesoro de
las Reinas del Mar, el tesoro con todas las joyas que las sirenas recogen de
los barcos hundidos. Según el mapa, el tesoro estaba protegido contra el mal
con magia blanca, y sólo la mejor amistad verdadera podría sacarlo de la cueva
en que estaba.
Sabiendo
esto, Eva recurrió a Lucía, su antigua compañera de aventuras y le contó el
secreto. Acordó darle la cuarta parte de las joyas, y juntas tomaron un gran
carro y fueron por el tesoro. Llenaron todo el carro con sus riquezas pero, en
el mismo instante en que abandonaban la cueva, todas desaparecieron, y solo
pudieron encontrarlas de nuevo en su sitio original. Y por más veces que lo
intentaron, no dejó de ocurrir lo mismo, hasta que ambas se dieron por
vencidas.
-
“Supongo que Lucía no era una amiga de verdad”, se dijo Eva. “Si lo fuera, no
me hubiera importado compartir todo el tesoro con ella. Debería haber elegido a
Lola o a María”
Lola
y María eran sus dos mejores amigas. Y como no sabía muy bien a cuál elegir
decidió contarle el secreto a Lola, acordando repartir el tesoro a medias.
Sin embargo, al ir a recuperarlo, se encontraron con una larga fila de buscadores de tesoros. Y es que, mientras estaban fuera, Lucía había tratado de sacar el tesoro un montón de veces, cada vez con un nuevo amigo. Y con cada fracaso, sus compañeros hacían lo mismo y corrían a buscar nuevos amigos para rescatar el tesoro por su cuenta, y así sucesivamente. Y, de esta forma, se había formado una larga fila de parejas de amigas y amigos que intentaban sin éxito hacerse con el tesoro.
Sin embargo, al ir a recuperarlo, se encontraron con una larga fila de buscadores de tesoros. Y es que, mientras estaban fuera, Lucía había tratado de sacar el tesoro un montón de veces, cada vez con un nuevo amigo. Y con cada fracaso, sus compañeros hacían lo mismo y corrían a buscar nuevos amigos para rescatar el tesoro por su cuenta, y así sucesivamente. Y, de esta forma, se había formado una larga fila de parejas de amigas y amigos que intentaban sin éxito hacerse con el tesoro.
Cuando
por fin les llegó el turno a Eva y Lola, estaban tan seguras de ser excelentes
amigas que la decepción fue aún mayor cuando el tesoro volvió a desaparecer al
cruzar la salida de la cueva.
A Eva ya solo le quedaba la opción de María, que al recibir la noticia reaccionó con gran entusiasmo. María corrió entonces a contárselo también a Lola, quien confesó conocer toda la historia, y junto a Eva le explicó lo difícil que resultaba conseguir el tesoro.
A Eva ya solo le quedaba la opción de María, que al recibir la noticia reaccionó con gran entusiasmo. María corrió entonces a contárselo también a Lola, quien confesó conocer toda la historia, y junto a Eva le explicó lo difícil que resultaba conseguir el tesoro.
-
Bueno, da igual- dijo María-. Ya veréis cómo podemos sacarlo entre todas, y
luego lo compartimos. ¿No somos las mejores amigas del mundo? Además, como es
un tesoro tan grande, podremos ayudar con él a muchísima gente... ¿Os
imagináis? yo tengo una tía que necesita ayuda en un hospital porque...
María
siguió imaginando todas las cosas buenas que podrían hacer con el tesoro, y al
poco Eva y Lola estaban tan entusiasmadas como ella. Entre las tres propusieron
tantas ideas y tan buenas, que finalmente acordaron que solo se quedarían con
alguna pequeña joya como recuerdo, y lo demás lo dedicarían a ayudar a otras
personas.
Decidido
el reparto, volvieron a la cueva, esperaron su turno y... ¡se llevaron todo el
tesoro sin problemas!
Aquel
lugar había llegado a ser muy famoso, así que no faltaron las felicitaciones,
las fotos ni las entrevistas. Y en todas ellas, cada vez que los periodistas
preguntaban a Eva o a Lola cuál había sido el secreto para rescatar con éxito
el escurridizo tesoro, las niñas respondían:
-
Tener una verdadera amiga como María, que nunca para hasta conseguir sacar lo
mejor de nosotras mismas.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Las lenguas hechizadas
Hubo
una vez un brujo malvado que una noche robó mil lenguas en una ciudad, y
después de aplicarles un hechizo para que sólo hablaran cosas malas de todo el
mundo, se las devolvió a sus dueños sin que estos se dieran cuenta.
De este modo, en muy poco tiempo, en aquella ciudad sólo se hablaban cosas malas de todo el mundo: "que si este había hecho esto, que si aquel lo otro, que si este era un pesado y el otro un torpe", etc... y aquello sólo llevaba a que todos estuvieran enfadados con todos, para mayor alegría del brujo.
Al ver la situación , el Gran Mago decidió intervenir con sus mismas armas, haciendo un encantamiento sobre las orejas de todos. Las orejas cobraron vida, y cada vez que alguna de las lenguas empezaba sus críticas, ellas se cerraban fuertemente, impidiendo que la gente oyera. Así empezó la batalla terrible entre lenguas y orejas, unas criticando sin parar, y las otras haciéndose las sordas...
¿Quién ganó la batalla? Pues con el paso del tiempo, las lenguas hechizadas empezaron a sentirse inútiles: ¿para qué hablar si nadie les escuchaba?, y como eran lenguas, y preferían que las escuchasen, empezaron a cambiar lo que decían. Y cuando comprobaron que diciendo cosas buenas y bonitas de todo y de todos, volvían a escucharles, se llenaron de alegría y olvidaron para siempre su hechizo.
Y aún hoy el brujo malvado sigue hechizando lenguas por el mundo, pero gracias al mago ya todos saben que lo único que hay que hacer para acabar con las críticas y los criticones, es cerrar las orejas, y no hacerles caso.
De este modo, en muy poco tiempo, en aquella ciudad sólo se hablaban cosas malas de todo el mundo: "que si este había hecho esto, que si aquel lo otro, que si este era un pesado y el otro un torpe", etc... y aquello sólo llevaba a que todos estuvieran enfadados con todos, para mayor alegría del brujo.
Al ver la situación , el Gran Mago decidió intervenir con sus mismas armas, haciendo un encantamiento sobre las orejas de todos. Las orejas cobraron vida, y cada vez que alguna de las lenguas empezaba sus críticas, ellas se cerraban fuertemente, impidiendo que la gente oyera. Así empezó la batalla terrible entre lenguas y orejas, unas criticando sin parar, y las otras haciéndose las sordas...
¿Quién ganó la batalla? Pues con el paso del tiempo, las lenguas hechizadas empezaron a sentirse inútiles: ¿para qué hablar si nadie les escuchaba?, y como eran lenguas, y preferían que las escuchasen, empezaron a cambiar lo que decían. Y cuando comprobaron que diciendo cosas buenas y bonitas de todo y de todos, volvían a escucharles, se llenaron de alegría y olvidaron para siempre su hechizo.
Y aún hoy el brujo malvado sigue hechizando lenguas por el mundo, pero gracias al mago ya todos saben que lo único que hay que hacer para acabar con las críticas y los criticones, es cerrar las orejas, y no hacerles caso.
sábado, 2 de noviembre de 2013
La joven de bello rostro (por Pedro Pablo Sacristán)
Había
una vez una joven de origen humilde, pero increíblemente hermosa, famosa en
toda la comarca por su belleza. Ella, conociendo bien cuánto la querían los
jóvenes del reino, rechazaba a todos sus pretendientes, esperando la llegada de
algún apuesto príncipe. Este no tardó en aparecer, y nada más verla, se enamoró
perdidamente de ella y la colmó de halagos y regalos. La boda fue grandiosa, y
todos comentaban que hacían una pareja perfecta.
Pero
cuando el brillo de los regalos y las fiestas se fueron apagando, la joven
princesa descubrió que su guapo marido no era tan maravilloso como ella
esperaba: se comportaba como un tirano con su pueblo, alardeaba de su esposa
como de un trofeo de caza y era egoísta y mezquino. Cuando comprobó que todo en
su marido era una falsa apariencia, no dudó en decírselo a la cara, pero él le
respondió de forma similar, recordándole que sólo la había elegido por su
belleza, y que ella misma podía haber elegido a otros muchos antes que a él, de
no haberse dajado llevar por su ambición y sus ganas de vivir en un palacio.
La
princesa lloró durante días, comprendiendo la verdad de las palabras de su
cruel marido. Y se acordaba de tantos jóvenes honrados y bondadosos a quienes
había rechazado sólo por convertirse en una princesa. Dispuesta a enmendar su
error, la princesa trató de huir de palacio, pero el príncipe no lo consintió,
pues a todos hablaba de la extraordinaria belleza de su esposa, aumentando con
ellos su fama de hombre excepcional. Tantos intentos hizo la princesa por
escapar, que acabó encerrada y custodiada por guardias constantemente.
Uno
de aquellos guardias sentía lástima por la princesa, y en sus encierros trataba
de animarle y darle conversación, de forma que con el paso del tiempo se fueron
haciendo buenos amigos. Tanta confianza llegaron a tener, que un día la
princesa pidió a su guardián que la dejara escapar. Pero el soldado, que debía
lealtad y obediencia a su rey, no accedió a la petición de la princesa. Sin
embargo, le respondió diciendo:
-
Si tanto queréis huir de aquí, yo sé la forma de hacerlo, pero requerirá de un
gran sacrificio por vuestra parte.
Ella
estuvo de acuerdo, confirmando que estaba dispuesta a cualquier cosa, y el
soldado prosiguió:
-
El príncipe sólo os quiere por vuestra belleza. Si os desfiguráis el rostro, os
enviará lejos de palacio, para que nadie pueda veros, y borrará cualquier
rastro de vuestra presencia. Él es así de ruin y miserable.
La
princesa respondió diciendo:
-
¿Desfigurarme? ¿Y a dónde iré? ¿Que será de mí, si mi belleza es lo único que
tengo? ¿Quién querrá saber nada de una mujer horriblemente fea e inútil como
yo?
- Yo lo haré - respondió seguro el soldado, que de su trato diario con la princesa había terminado enamorándose de ella - Para mí sois aún más bella por dentro que por fuera.
- Yo lo haré - respondió seguro el soldado, que de su trato diario con la princesa había terminado enamorándose de ella - Para mí sois aún más bella por dentro que por fuera.
Y
entonces la princesa comprendió que también amaba a aquel sencillo y honrado
soldado. Con lágrimas en los ojos, tomó la mano de su guardián, y empuñando
juntos una daga, trazaron sobre su rostro dos largos y profundos cortes...
Cuando
el príncipe contempló el rostro de su esposa, todo sucedió como el guardían
había previsto. La hizo enviar tan lejos como pudo, y se inventó una trágica
historia sobre la muerte de la princesa que le hizo aún más popular entre la
gente.
Y
así, desfigurada y libre, la joven del bello rostro pudo por fin ser feliz
junto a aquel sencillo y leal soldado, el único que al verla no apartaba la
mirada, pues a través de su rostro encontraba siempre el camino hacia su
corazón.
viernes, 1 de noviembre de 2013
En la 3ª Planta (Anónimo)
Todo empezó como un juego.
Todo empezó como un juego.
Ella vivía en la tercera planta.
Él trabajaba en la segunda planta.
La conocí una gris tarde de lunes. Todo iba de mal en peor en el trabajo y nadie me esperaba con una cena caliente en casa. Mi vida era una fotocopia del día anterior que a su vez era una calcomanía de su antecesor. Un perpetuo lunes. Hasta que la vi.
Llevaba un vestido rojo llamativo. Era de esperar que se fijasen en mí. Él lo hizo. Pero no me miró como se mira a una mujer hermosa. Me miró cómo se mira a una obra de arte de una belleza doliente o cómo se mira un abismo dónde rompe el mar furioso. Peligroso pero fascinante.
Al principio no tuve valor de decirle nada. Anduve durante días a su alrededor. Silencioso y escondido entre la multitud la observé ser ella misma. Veía cómo le dedicaba su impertérrita sonrisa a todo aquél que posara su vista en ella. La observé vestir de azul, de verde y de violeta. Nunca de negro. No era mujer de vestir negro. Era demasiado radiante. Demasiado feliz. Empecé a saborear lo que era despertarse con ganas de vivir.
Con el tiempo dejó de espiarme y empezó a acercarse a mí. Cuándo la gente ya se iba, y nadie se fijaba en él, venía y me hablaba de la vida. Me hacía reír y sentirme bien. Es halagador sentirse deseada. Más en mi situación. Él hacía creer que podía ser algo más. Cuándo caía la noche, imaginaba que venía a hacerme compañía. Me sentí sola cómo nunca lo había estado. Tal vez porque tampoco había estado nunca acompañada.
Me cambié de planta y, paso a paso, construimos una relación. Ella estaba sola. Yo también. Y no tenía por qué ser así. Podíamos estar juntos. Debíamos estarlo. Pronto empecé a hacerle regalos. Un anillo al principio. Una pulsera. Un vestido después. Ella era feliz. O al menos no demostraba lo contrario.
Y entonces empezó a estar constantemente a mí alrededor. Hacía de mí lo que quería. Me vestía, me peinaba, me pintaba. Me acariciaba y me hablaba sin cesar. Sus palabras, antes inspiradas y frescas, estaban ahora llenas de necesidad y vacío. Un vacío que me atenazaba a él como si de mí dependiese su vida.
Teníamos que ir a más. Estábamos estancados. Quietos en un petrificado estado de un bienestar que podía resquebrajarse en cualquier momento. Cómo se rompe el hielo de la superficie de un lago helado. Helado y oscuro. Teníamos que avanzar. Era lo que hacían todas las parejas. La besé.
¡Me besó! Dios mío. Aquello iba de mal en peor. Hay relaciones que, sin más, van apoderándose de todo. Yo no le decía nada. No podía. Él, por su parte interpretaba que mi silencio era un «de acuerdo» susurrado.
Su belleza antes me había parecido sublime. Intocable y superior. Pero ahora estaba a mi alcance. Y cuándo posees un tesoro inalcanzable, éste se te presenta diferente. Igualmente hermoso, pero terrenal. Como tú, como todos.
Empezó a tocarme. Travieso al principio. Juguetón. Y luego las caricias se convirtieron en palmadas. En deseo fogoso y violento. Yo no sabía cómo tenía que actuar. Qué tenía que hacer si las cosas se ponían feas. Estaba indefensa. Hice lo que mejor se hacer. Mantenerme impertérrita.
Y cuándo parecía que todo iba bien, comenzó a comportarse de manera indiferente. Cómo si yo no estuviera ahí. Cómo si nunca lo hubiera estado. ¿Qué te pasa?
Me preguntó que qué me pasaba. ¿Que qué me pasaba? ¡Tan solo tenía que mirarme cómo lo que era! Lo nuestro no podía ser. Decía que ya no le hablaba. Jamás le había hablado. No podía, pues no gozaba de ése don.
¿Ya no me amas? Tampoco podía amarle. Eso sólo lo pueden hacer los que viven.
¿Acaso esto ha sido sólo un juego para ti? Eres como todas. Fría y manipuladora. No me mereces.
No merecía aquella pesadilla. A veces nuestra naturaleza es lo mejor que nos queda. Me descubrí anhelando que volviese a ser de día y la gente volviese a mirarme cómo lo que era. Una belleza de plástico.
El mejor maniquí de la 3ª planta. Moda mujer y moda íntima.
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