El pabellón de Oliva amanecía con ese murmullo especial que solo se siente en los grandes días. Veníamos heridas, tras una derrota dura, de esas que duelen en el orgullo y remueven las dudas en un proyecto en sus cimientos. Y frente a nosotras llegaba el CB Sueca, invicto, reforzado, preparado para demostrar por qué había firmado un arranque impecable de temporada. Pero había algo más en el ambiente. Algo que iba más allá de la clasificación... Ese algo encarnado en un corazón dividido en la grada, en un rincón de la grada, una madre vivía un conflicto tan hermoso como cruel: dos hijas en la pista, una con cada camiseta. Lea y Matea, dos fuerzas opuestas unidas por la misma sangre. A cada tapón, a cada triple, a cada entrada, se le escapaba un “¡tía buena!” que arrancaba risas alrededor entre aficionados, amigos , compañeros de viaje y permitía ver, en su gesto, toda la ternura que existe cuando el amor supera los colores. No animaba a un equipo. Animaba a sus hijas. Animaba a la vida que surge de su sangre, de su vientre... Y esa mezcla de orgullo, nervios y emoción teñía el aire de algo especial, porque Matea podía vestir de verde pero hasta hace nada era una de las nuestras y la presencia de Lea en nuestro equipo lo envolvía todo de un pique sano.
Entre todas esa emoción hubo una aparición que cambió el ánimo. Por la entrada a la pista apareció Sandra Miralles. El equipo la miró sin entender. Saludó con la calma de quien sabe que está a punto de desatar un terremoto. Le chocó la mano a Angels como diciendo "Hoy qué?" . Se sentó junto al entrenador mientras algunas compañeras tiraban y otras acababan de ponerse a punto. Y entonces, sin una palabra, se descalzó, se quitó el pantalón largo… y dejó al descubierto la equipación de juego. Hubo silencio. Hubo ojos abiertos. Hubo dudas ¿Qué está pasando?. Hubo sonrisas que no se podían contener... A veces el deporte tiene esos momentos que no se entrenan, que no se planifican, que simplemente suceden. Momentos que te hacen creer. Y aquel fichaje improvisado la noche anterior, entre dudas, confidencias y magia de bar, encendió a una llama en el equipo. De pronto, ya no éramos las mismas que la semana pasada. Éramos más... Falta que se unan al barco Díana y Ana.
El partido comienza. El 3–8 inicial fue un jarro de agua fría. Sueca mostraba experiencia, temple, autoridad. Pero entonces llegaron dos tiros libres de Àngels, dos canastas de Eivile y un murmullo de “vamos” empezó a crecer. Tras el 9–12, el Oliva sacó su verdadera alma: velocidad, descaro, agresividad en defensa. Aroa, Eivile, Atou y con ellas todas las demás encadenaron un parcial que nos puso 17–12 arriba. Y cuando Sandra atacó la zona con esa entrada que parecía dibujada con pincel, el pabellón entendió que aquello iba en serio.
Segundo periodo: el éxtasis... Lo que ocurrió en este cuarto fue una exhibición total de intensidad feroz, acierto, confianza. Lea clavó dos triples, uno de ellos en la cara de su hermana, reclamando su lugar en la historia familiar tras haber recibido 2 tapones de Matea (Lea no tiene las condiciones físicas de su hermana pero nos da una energía esencial para nuestro estilo, es dura, luchadora y se deja el alma en la pista, los triples fueron un premio extra a su compromiso y entrega) Itziar sumó otro triple. Y cuando Matea respondió (se negaba a rendirse, fiel a su carácter ganador), apareció el ciclón en forma de un parcial de 16–0 demoledor, de esos que hacen daño y marcan el devenir del partido. Robos, ayudas, carreras, superioridad física y mental. Angels, Leyre, Aroa… y Sandra, otra vez, con dos triples que parecían declaraciones de intenciones. El 46–20 no solo era una ventaja enorme: era una muestra de carácter. De orgullo. De creérselo. Fue el mejor baloncesto de la temporada. Sin discusión.
Tras el descanso hablamos de empezar fuerte para no dejar que las rivales crean posible la remontada. Miriam abrió el cuarto con un triple que cayó como una piedra en el ánimo rival. Llegaron técnicas, llegaron tiros libres, llegó el 55–20. Sueca buscó reaccionar, pero el Oliva estaba en modo muro. El 64–33 del final del cuarto era ya una sentencia.
En el último periodo el partido bajó de revoluciones, como si ambos equipos entendieran que ya estaba escrito el destino de la tarde. Las últimas posesiones fueron un homenaje al trabajo hecho. No había necesidad de más. El 76–43 final brillaba en el marcador, pero no era lo más importante.
El verdadero triunfo no estaba en los 33 puntos de diferencia, eso era lo de menos, algo circunstancial. El triunfo estaba en cada gesto que nos trajo hasta aquí. En la madre con el corazón partido, porque su amor simboliza lo que este deporte debería ser siempre (una lucha enorme pero con nobleza entre ambos equipos). En la llegada inesperada de Sandra, que recordó al equipo que las personas —no solo las jugadoras— hacen la diferencia. En las miradas cómplices, en los abrazos, en las dudas superadas, en el apoyo a las compañeras que no tuvieron su mejor día (eso sí que es algo que marca las diferencias), en las ganas de demostrar que sí se puede incluso cuando las circunstancias son todo lo contrario.
Somos un equipo joven, con mil obstáculos y apenas tiempo para entrenar juntas. Un equipo que se construye semana a semana a base de aprendizaje, errores, constancia y cariño. Un equipo que une generaciones y que sirve de ejemplo para quienes vienen detrás.
Pertenecer no significa ganar. Significa estar, seguir, creer. Significa levantarse un domingo por la mañana, ponerse la camiseta del club y saber que representas algo más grande que tú misma.
Y por eso esta victoria sabe tan distinto. Porque no fue solo un partido. Fue un recordatorio de que, a veces, el baloncesto enciende la luz... y cuando esa luz aparece, ilumina mucho más que un marcador.

No hay comentarios:
Publicar un comentario