Una victoria que vale más por cómo se consiguió que por el marcador.
Visitar la pista del Tavernes nunca es fácil. Rival directo por el liderato, ambiente intenso y un partido que desde el principio prometía ser una batalla de tú a tú. Y así fue. El primer cuarto terminó con un ajustado 13-14 que reflejaba perfectamente la igualdad y el esfuerzo de ambos equipos. En el segundo periodo, arrancamos con un parcial de 0-7 que nos dio algo de aire (15-21), pero pronto nos dimos cuenta de que estábamos dependiendo demasiado de Koniba. Ella estaba brillante, sí, pero el equipo necesitaba algo más: necesitaba creer en sí mismo. Tomamos entonces una decisión arriesgada: sentar a Koniba cuando mejor estaba. No fue un castigo, fue una apuesta. Una llamada al resto para dar un paso adelante. Si querían a Koniba a su lado deberían demostrarlo, debían subir el nivel, asumir su responsabilidad grupal. Y lo hicieron. Todas. Una a una.
De repente el equipo cambió el ritmo, la energía, el alma. Se defendió con garra, se corrió con velocidad y alegría, se compartió el balón con generosidad. Empezamos a jugar con la energía que nos da el corazón y con la cabeza para tomar buenas decisiones en acciones rápidas. Parcial de 2-10 (17-31) y al descanso un 19-35 que no solo reflejaba puntos, sino compromiso, confianza y unión, ahora sí, de todo el equipo. El tercer cuarto fue una demostración de lo que este equipo puede llegar a ser cuando todas reman en la misma dirección. Tras unos minutos de igualdad de fuerzas en el que ellas no remontaban y nosotras no nos escapamos (25-41), dimos otro golpe de intensidad, cerrando líneas de pase, robando balones, corriendo cada contraataque como una manada de lobas. Un parcial de 2-16 (27-57) sentenció el partido. Fue un vendaval de esfuerzo colectivo, de esas fases que te hacen sentir orgulloso de entrenarlas. El último periodo sirvió para repartir minutos, mantener la concentración y seguir disfrutando juntas hasta el 42-70 final. Una victoria merecida, sí, pero sobre todo una lección de equipo. Porque hoy quedó más claro que nunca que no hace falta anotar muchos puntos para ser importante. Importa quien lucha cada balón, quien se lanza al suelo por un rebote o balón dividido, quien roba una pelota, quien da una asistencia, quien anima desde el banquillo, quien aplaude una buena defensa o levanta a una compañera cuando falla.
Importa la energía, la actitud, el compromiso, el compañerismo de todas con todas. Cada jugadora tiene su papel, su valor, su momento dentro del juego. Y cuando todas lo entienden y lo sienten, el equipo se vuelve más fuerte.
Hoy ganamos más que un partido: ganamos en confianza, en madurez, en unión. Yeso, más que el marcador, es lo que de verdad nos hará crecer en el futuro.

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