domingo, 23 de noviembre de 2025

Senior Autonómico: CB Oliva Mompó-óptica... 85 - 91... CB Tavernes

 

Hay partidos que trascienden la clasificación, las dinámicas, el talento o incluso la lógica deportiva. Hay encuentros que se juegan en un territorio distinto, donde la cabeza importa, pero el corazón manda. El derbi entre el CB Oliva y el Tavernes era uno de ellos. Y, sencillamente, no supimos jugarlo.

Podíamos llegar mejor o peor, con más calidad o menos, con una racha positiva o irregular. Nada de eso pesa cuando enfrente tienes al vecino, al eterno rival, al equipo que comparte historia, proximidad y una rivalidad que se respira desde el calentamiento. Y en ese escenario, Tavernes entendió perfectamente qué pedía el partido. Jugó con alma, con garra, con ese punto extra de intensidad que diferencia al que quiere ganar del que necesita hacerlo. Nosotros, en cambio, solo lo mostramos a ratos, en pequeños fogonazos que no bastan para un duelo así. Pocas estadísticas definen mejor el hambre de un equipo que el rebote. Y ahí fuimos muy inferiores. Cada balón dividido, cada segunda opción, cada choque en la pintura cayó del lado visitante. No es casualidad: es actitud. Es llegar medio segundo antes, saltar uno más alto o, simplemente, quererlo más. El partido empezó torcido. Encajar 26 puntos en el primer cuarto —aunque acabara en empate— era ya una señal de alarma. Una defensa blanda, permisiva, sin la agresividad necesaria para un derbi. En el segundo periodo hubo un leve despertar: un 21-10 que nos dio ventaja al descanso (47-36) y que hacía pensar, erróneamente, que el trabajo estaba hecho. Pero creer eso es desconocer la verdadera naturaleza de estos encuentros.

En el tercer cuarto, Tavernes hizo exactamente lo que se esperaba de un equipo que compite con orgullo: subir el ritmo, endurecer el choque, atacar nuestros puntos débiles. Nosotros, lejos de responder, lo sufrimos. El 19-28 del parcial dejó el marcador en un inquietante 66-64. Todo por decidir, pero con sensaciones opuestas. El último periodo confirmó lo que venía gestándose. Tavernes dominó el ritmo, se fue hasta ocho puntos arriba y solo un arranque de orgullo nos permitió igualar el marcador en menos de un minuto. Fue un arreón espectacular… pero efímero. Una llamarada que no prendió en nada más. De nuevo, ellos volvieron a anotar; nosotros no supimos responder. El 19-27 final del cuarto simboliza una derrota justa: 85-91.

Un derbi no se juega: se pelea. No estuvimos centrados. No estuvimos intensos. No estuvimos duros atrás. Y en un derbi, eso se paga. Porque estos partidos no se ganan con cinco minutos buenos, ni con un par de jugadas bonitas, ni con una pizarra brillante. Estos partidos no se ganan desde el banquillo, no se ganan con una táctica u otra. Se ganan metro a metro, en cada ayuda, en cada rebote, en cada balón suelto, en cada detalle invisible para las estadísticas. En la zona, Tavernes parecía un equipo más grande; nosotros, uno más pequeño. No por estatura física, sino por actitud competitiva.

Un derbi jamás se gana por calidad. Se gana por entrañas. Por corazón. Por amor propio. El día que volvamos a entenderlo —y a jugar estos partidos con la energía que merecen— será el día en que estos derbis vuelvan a teñirse de nuestros colores... Hoy el Tavernes compitió mejor, con más hambre, con determinación y nosotros incluso teniendo al rival entre las cuerdas nos faltó colmillo, pecamos de exceso de confianza y acabamos sucumbiendo. 


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