Nos enfrentábamos al rival más duro de la categoría. Un equipo con muchísimo talento, con experiencia, ritmo, acierto y una confianza que las hace dominar cada partido. Sabíamos que el reto era enorme, que debíamos dejarnos la piel para poder competir, y que el marcador —más allá de lo que dijera al final— no sería lo más importante, sino cómo lo afrontáramos. Y la verdad es que el equipo luchó. No se rindió, no bajó los brazos. Pero el rival fue superior, y con 12 triples anotados, no hubo defensa capaz de frenar ese vendaval. Aun así, lo que más nos debe doler no es el resultado, sino cómo lo gestionamos. Estos partidos son una oportunidad para crecer, especialmente para las más jóvenes. No se trataba de ganar en el marcador, sino de ganar en aprendizaje, en madurez, en actitud. Y ahí fallamos. Algunas no supieron ver que cada minuto contra un equipo así es un regalo para mejorar. En lugar de aprender, se desquiciaron. En lugar de competir con orgullo, se dejaron llevar por la frustración. Perdieron el control, la calma, el foco.
Sí, el arbitraje no ayudó. El joven colegiado se excedió con las más inexpertas, fue desigual en el criterio y además tuvo gestos impropios de quien debe imponer respeto desde la serenidad. Pero eso no puede ser excusa. El árbitro no gana ni pierde partidos; las jugadoras sí deciden cómo afrontarlos. Y debemos aprender a no caer en provocaciones, a no responder con gestos ni palabras, a no convertirnos en aquello que criticamos cuando lo vemos en otras.
El baloncesto es otra cosa. Es esfuerzo, respeto, nobleza, compañerismo, carácter y autocontrol. Es saber perder con dignidad y aprender de cada derrota. No se puede representar a este club con actitudes que desdibujan esos valores. Lo que ocurrió en la pista no puede repetirse. No lo vamos a permitir. Porque queremos ser mejores, y eso empieza por mirarnos al espejo y reconocer cuándo no hemos estado a la altura.
El marcador dirá que perdimos 45 a 74. Pero el resultado real va más allá. Perder forma parte del camino; no aprender de ello sí sería una derrota imperdonable.
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